Enrique Castaños

La suntuosidad informalista de Roy Anglada

Entre los fragmentos de textos escritos por el pintor estadounidense Robert Motherwell reunidos por Herschel B. Chipp en su célebre Teorías del arte contemporáneo , se dice que «la aparición del arte abstracto es señal de que hay todavía en este mundo gentes capaces de sentir» y que «uno de los más sorprendentes aspectos del arte abstracto es su desnudez, un arte sin ropajes», donde el creador rechaza «mundos enteros» y no parece gustarle otra cosa que «el puro acto de pintar». Las palabras del conocido expresionista abstracto podrían muy bien rememorarse ante la visión de la obra del pintor madrileño José Miguel Roy Anglada, un artista de filiación inequívocamente informalista en cuyas composiciones la dinámica gestual y expresiva, la creación de mundos acógenos, pero, al mismo tiempo, sostenidos y equilibrados, se conjuga con una manera suntuosa de aplicar el color, especialmente en la serie quizás más lograda, Éxtasis , donde una incandescente materia cromática, roja y que parece encontrarse en estado de ignición, describe un magma elemental y primigenio, algo así como la rápida visión del centro de nuestro planeta todavía en ebullición interior.

Porque de efervescencia íntima puede calificarse el estado de estas pinturas encendidas por la llama de un fuego primitivo, trasunto de un subjetivismo de raíz romántica, en el que fuerzas contrapuestas, unas veces centrífugas y otras centrípetas, están en lucha, coadyuvando a la formación de un mundo propio y personal. La mínima ordenación que advertimos en la serie Soliloquios , con delimitaciones de formas geométricas en estado de disolución y descomposición, se debilita en Ecos , especialmente en ese gran lienzo ocupado en un extremo por un ángulo trazado con gruesa pincelada, sintetizado por su amigo el también pintor José Manuel Ciria como una escuadra blanca flotando sobre un fondo ocre. Obra experimental, en estado de fermentación, la pintura de Roy Anglada puede entenderse como un duelo en el que resulta decisiva la participación del espectador.